martes, 13 de octubre de 2009
domingo, 4 de octubre de 2009
sábado, 3 de octubre de 2009
Las Escrituras a vista de pájaro
Nosotros somos como estos ciegos. Si todo lo que podemos apreciar de las Escrituras son pedazos sueltos, podemos terminar creando nuestro propio elefante, sin ninguna garantía de que nuestro concepto se corresponda con la realidad. Es posible que disfrutemos un poco esto de curiosear las Escrituras lo mismo que disfrutamos de curiosear los productos en el supermercado, pero a menos que tengamos una visión más global de las cosas nos será muy difícil integrar y relacionar entre sí estos conocimientos.
Necesitamos elevarnos por encima de la ciudad y sus detalles, como lo hacen los pájaros; verla desde arriba y luego volver a descender para emocionarnos con la manera en que cada detalle contribuye a la belleza del gran panorama que hemos visto.
Veamos las Escrituras a vista de pájaro para ver si podemos conseguir nuestro propio mapa. Así no andaremos perdidos por las calles.
Seis honrados servidores.
Necesitamos primero una guía. Tomaremos como guía básica el siguiente verso de Rudyard Kipling. Nos será útil en más de una ocasión.
sus nombres son
cómo,
cuándo,
dónde,
qué,
quién y
por qué”.
Ya tenemos una guía inicial. A ver si después nos acordamos de darle las gracias a Kipling.
El conocimiento acumulativo
Al tratar dificultosamente, como todos, de aprender el Evangelio, me he forjado un concepto que he dado por llamar, para mí mismo, “teoría del conocimiento acumulativo”. Es sumamente sencilla, y más que una teoría consiste en un conjunto pequeño de principios y leyes útiles en el autoaprendizaje. El principio central es el siguiente: “todo conocimiento nuevo que adquirimos debe integrarse de manera ordenada a la base de conocimientos anteriores, de tal manera que el conocimiento se acumule”. La idea es romper el ciclo que se forma algunas veces, en el que estamos yendo una y otra y otra vez a aprender la misma cosa. En lugar de ello, debemos aprender, tanto como sea posible, una sola vez y entonces agregar lo nuevo a ese aprendizaje.
He invertido mucho tiempo buscando maneras en que se pueda lograr ese objetivo. Me he familiarizado, por ejemplo, con esquemas que permitan el aprendizaje rápido, visual. Los esquemas ayudan a resumir muchas cosas. Bien dicen que una imagen puede decir más que mil palabras, pero también es cierto que para la elaboración de la imagen frecuentemente habrá que pasar primero por las mil palabras. Sin embargo es recompensante, al dar una clase, simplemente sacar la imagen y mostrarla y enseñar en cinco o diez minutos algo que uno le ha tomado aprender varios años. Lo mismo se puede decir, además de las imágenes, de otro tipo de esquemas como las listas de balas (viñetas), los cuadros sinópticos, las tabulaciones, los diagramas de flujo y otro tipo de ayudas similares. Recientemente he encontrado una gran ayuda también en los diagramas de mapas mentales. Reconozco que cada diagrama tiene su propio uso, sus alcances y también sus propias limitaciones. En conjunto, los diagramas son una ayuda enorme en la enseñanza y en el aprendizaje.
Y ya que mi giro laboral es el del desarrollo de aplicaciones, he creado también bases de datos y aplicaciones diseñadas para mi propio aprendizaje. Una extensión de este esfuerzo, ligado con algunos otros objetivos de difusión del Evangelio, resultó hace algunos años en un proyecto comunitario en Internet, el proyecto SoyMormon.com, que duró aproximadamente cinco años y que llegó a integrar de una manera u otra a unas 11,000 personas. El proyecto aplicaba el concepto del aprendizaje acumulativo al instar a los integrantes a hacer y responder preguntas sobre el Evangelio e integrar todas estas conversaciones en una base de datos, de manera ordenada, de modo que se constituyese al final un repositorio acumulativo de conocimiento al cual todos pudiésemos acudir en nuestro aprendizaje autodidacta. Al hacer y responder preguntas los participantes eran también estimulados a escribir. Escribir es un ejercicio fabuloso, ligado con el proceso de recibir revelación, y ojalá pueda darme la oportunidad de tratar este aspecto con detalle más tarde.
Como resultado de todos estos esfuerzos he creado un sinfín de artículos, diagramas, cuadros sinópticos y ayudas similares para resumir e integrar conocimiento. Algunos simplemente los he hecho para mí y se han perdido después, quedando solamente en mi memoria. Con el tiempo, he pensado que muchas de estas ayudas se pueden integrar en un sistema. Este sitio es un ensayo para ver si puedo integrar de manera ordenada varios de estos elementos sueltos, de manera que terminen constituyendo un sistema. La tarea es la de crear un sistema visual y en su mayoría deductivo de autoaprendizaje del evangelio, de modo que promueva el conocimiento acumulativo. Como se trata de una obra en construcción, una especie de tormenta de ideas, será inevitable que de vez en cuando me sumerja sin remedio en los detalles, de lo que espero emerger con éxito para integrar las piezas exitosamente. Espero que encuentres algo de utilidad y te unas conmigo y me acompañes en este viaje emocionante.
De lo general y lo particular
Existen dos métodos de razonamiento: el inductivo y el deductivo. El método inductivo razona descubriendo cosas nuevas, va de lo pequeño a lo mayor, de lo particular a lo general, de los detalles o las partes hacia el todo. El método deductivo, por lo contrario, parte desde lo general a lo particular, del todo hacia las partes. Las dos formas de razonamiento están estrechamente ligadas y son indispensables. En nuestro aprendizaje, a medida que descubrimos cosas nuevas tenemos que integrarlas en un todo. Sin esa integración no podríamos relacionar esas partes entre sí.
Si usamos estrictamente el lenguaje, Sherlock Holmes no hacía deducciones, sino inducciones. Reunía pistas y con ellas suponía la existencia de otros elementos. En base a detalles, se planteaba conjuntos y secuencias. Después se dedicaba cuidadosamente a verificar sus conclusiones. Era hasta que se sentía satisfecho que declaraba haber resuelto su caso.
La mayoría de nosotros somos Sherlock Holmes de las Escrituras. Vamos descubriendo sus detalles, incluso accidentalmente, y entonces nos hacemos una figura o representación mental del cuadro completo. Conforme descubrimos nuevas piezas las vamos anexando a nuestra representación mental de las cosas. Nuestro cuadro va siendo mejor al paso que nos hacemos de nuevas piezas.
Este es un proceso normal y necesario. El problema está cuando prescindimos del otro tipo de razonamiento, el deductivo, porque nos hallamos entonces abriendo camino en donde ya ha sido abierto, reinventando la rueda cuando ya ha sido inventada, en lugar de aprovechar lo que ya existe y sobre eso construir.
El otro extremo, por supuesto, está en quienes solamente aprovechan lo hecho por otros sin hacer el propio esfuerzo. Un buen amigo trabajó en el Centro de Distribución de la Iglesia, donde se distribuyen muchas de nuestras publicaciones. Allí contempló una situación que debe haberle impactado profundamente. El lamenta que muchos miembros de la Iglesia posiblemente estén leyendo solamente los libros de las Autoridades Generales, familiarizándose con sus conclusiones y desde allí predicar el Evangelio, creyendo que saben; compartiendo así las conclusiones de otros sin obtener jamás las propias. El recomienda que cada miembro adquiera un contacto personal con las Escrituras, en lugar de tomar sin más para sí las conclusiones de otros.
Para mí, ambos mundos y ambos tipos de razonamientos son necesarios, pero el contacto con las Escrituras es imprescindible. Podemos, sin embargo, ser Sherlock Holmes durante toda la vida, perdidos en el laberinto de las calles de la nueva ciudad y aprendiendo solo por visitar sus edificios, sin comprender su valor y su importancia reales por no haber logrado entender nunca su relación en el contexto de las cosas.
Para lograr ese avance superior se necesita un mapa. En ese sentido, resulta interesante observar el modelo de las Escrituras sobre el aprendizaje y la enseñanza. Mi conclusión es la siguiente:
- Cuando se trata del aprendizaje, las Escrituras enfatizan el enfoque de lo particular a lo general, es decir, el razonamiento inductivo. Jesús hacía preguntas a sus discípulos para lograr que ellos fuesen logrando conclusiones y las integrasen a su visión de las cosas.
- Cuando se trata de la enseñanza, las Escrituras enfatizan el enfoque de lo general hacia lo particular, es decir, el razonamiento deductivo. Al enseñar a Moisés, Dios le mostró primero el universo, luego la Creación de esta tierra, después su relación con el hombre.
En el aprendizaje autodidacta nosotros somos nuestros propios maestros. Al aprender, está bien que usemos el razonamiento inductivo. Pero al diseñar nuestros propios planes de autoenseñanza, debemos utilizar el enfoque de lo general hacia lo particular. Partir de conjuntos generales de cosas y entonces integrar a ellas nuestros nuevos elementos, las cosas nuevas que estamos aprendiendo. A medida que vamos adquiriendo nuevos conocimientos necesitamos también de un método que nos permita 1) discernir el conjunto a que iremos integrando nuestros conocimientos y b) recordar esos nuevos conocimientos, de manera que cuando los necesitemos, podamos utilizarlos rápidamente.
Por medio del proceso inductivo descubrimos, pero por medio del proceso deductivo ensamblamos, relacionamos e integramos. Con mucha frecuencia nos decantamos solamente por uno de los tipos de razonamiento cuando, en realidad, ambos son indispensables.
Introducción
Existe, sin embargo, un obstáculo mayor, llegado este nivel. La abundancia de los detalles es tanta, que confunde. Es en este punto en donde el estudiante pierde con frecuencia el interés, o se encuentra atrapado en un ciclo en el cual recomienza su estudio de las escrituras una y otra vez, captando en cada ocasión sólo pedazos aislados del mensaje que con tanto fervor desea. Es como tener hambre y tratar de satisfacerla con migajas.
Durante muchos años he sido un asiduo estudiante de las Escrituras. Su poderoso mensaje ha influido en muchos aspectos de mi vida. En ellas he aprendido sobre Dios, sus tratos con los hombres, su propósito y cómo regresar a vivir con Él.
A lo largo de este tiempo de estudio he asistido a los cursos de Instituto (e impartido un par de ellos), he leído escritos de eruditos bíblicos y he revisado distintos métodos de estudio de las Escrituras, tratando de satisfacer una inquietud: ¿cuál es la manera más efectiva de estudiar las Escrituras para poder comprenderlas?
Si bien debo confesar que aún no llego a la respuesta perfecta para esta simple pregunta, es mi deseo compartir a través de estas líneas algunas de mis conclusiones actuales, tomando en cuenta que toda aportación es perfectible, para hacer llegar estas notas a mis lectores y a la vez tomar en cuenta su experiencia y su retroalimentación.
Espero que lo que escriba aquí puedan encontrarlo interesante y sirva a todos de impulso y de motivación en nuestro camino hacia la vida eterna.
